La jura de Carlos IV en Madrid: un acto de continuidad que ocultaba un cambio de poder

El 30 de abril de 1789, la jura de Carlos IV en Madrid se diseñó para asegurar la estabilidad, pero marcó el inicio de un estilo de gobierno que descentralizó la autoridad real.

Imagen de una ceremonia de jura real en el siglo XVIII, con figuras de la corte y un ambiente solemne.
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Imagen de una ceremonia de jura real en el siglo XVIII, con figuras de la corte y un ambiente solemne.

El 30 de abril de 1789, la jura de Carlos IV en Madrid fue un evento meticulosamente orquestado para proyectar estabilidad y continuidad tras la muerte de Carlos III, aunque en la práctica, su reinado introdujo un nuevo modelo de gestión del poder.

La ceremonia de jura de Carlos IV, celebrada en Madrid, se caracterizó por un estricto protocolo que incluía el juramento de los fueros y la presencia de los grandes del reino. Todo estaba diseñado para transmitir la idea de que el cambio de monarca no implicaría una alteración del sistema establecido, un objetivo que, en apariencia, se logró.
Sin embargo, el nuevo monarca, aunque conocía bien el funcionamiento de la corte, mostraba una clara tendencia a delegar los asuntos más complejos. Su estilo de gobierno se caracterizaba por audiencias breves y resoluciones rápidas, evitando el desgaste que implicaban las decisiones difíciles. Esta actitud no se debía a una falta de disciplina, sino a una elección consciente de dónde aplicar su energía.

No era un rey que buscara imponerse. No tenía esa inclinación. En la práctica, eso se traducía en audiencias breves, resoluciones rápidas en apariencia y una tendencia constante a desplazar los asuntos más complejos hacia otros.

Este comportamiento propició el ascenso de figuras como Manuel Godoy, quien ocupó el vacío de poder al asumir la responsabilidad de transformar las conversaciones en decisiones y gestionar sus consecuencias. Paralelamente, la reina María Luisa de Parma también desempeñó un papel activo, interviniendo y condicionando las dinámicas de la corte. El resultado fue un sistema con múltiples centros de decisión, lo que generó fricciones y una pérdida de precisión en la ejecución de las órdenes.
La percepción en Madrid no fue de una crisis abierta, sino de una autoridad que, aunque presente, no terminaba de imponerse. Incluso en el arte, como los retratos de la familia real de Francisco de Goya, se refleja esta nueva realidad, mostrando a los monarcas sin la idealización heroica tradicional. Este desplazamiento del poder se hizo más evidente con el inicio de la Revolución Francesa en 1789, que transformó la gobernanza de una tarea de conservación a una de respuesta constante a las crisis, un escenario para el que el modelo de Carlos IV no estaba preparado.