La voz de Matilde Camus, silenciada el 28 de abril de 2012, perdura a través de su obra, que ella misma describió como el resultado de un meticuloso trabajo, buscando la “palabra más exacta, desnuda de artificio”. Esta dedicación y honestidad son claves en la conexión que su poesía establece con los lectores, abordando temas íntimos y universales.
Siento todo pesar profundamente, es por ello que busco encantamiento para no sucumbir y ser poeta triste, quejumbrosa al notar desgarrado el corazón…
Desde su partida, se ha impulsado la difusión de su poesía en diversos espacios como colegios, institutos, centros culturales y bibliotecas en Santander, Cantabria, Madrid, Valladolid y Majadahonda. Recientemente, el Instituto Santa Clara de Santander, donde la poeta cursó bachillerato, acogió el Primer Certamen Poético Matilde Camus, dirigido a estudiantes de ESO y Bachillerato. Incluso, sus versos han llegado al Centro Penitenciario de El Dueso, en Santoña, ofreciendo un medio para expresar emociones.
La poesía de Matilde Camus, nacida de su intimidad y de su capacidad para observar la vida con intensidad, ha demostrado una inesperada dimensión social y humana. Su obra no solo es un ejercicio de memoria, sino una convicción cultural que asegura que ciertas voces no caigan en el olvido, conectando con la sensibilidad de quienes la descubren.
La biografía de la poeta destaca la figura de su esposo, Justo Guisández García, quien fue un pilar fundamental en su trayectoria. Tras conocerse en 1936 y casarse en 1943, él la animó a retomar su pasión por la poesía en un momento de tristeza. Juntos participaron activamente en las tertulias literarias del Ateneo de Santander, donde Matilde llegó a presidir la Sección de Literatura y su esposo ocupó la secretaría. Su apoyo fue constante, acompañándola en sus investigaciones y contribuyendo con ilustraciones para sus libros.
La fe y un profundo sentido de la justicia y la verdad fueron pilares en la vida y obra de Matilde Camus. A pesar de su búsqueda de armonía, no dudó en denunciar la desigualdad y el sufrimiento, una postura que se acentuó en sus últimos poemarios. Incluso en sus años finales, marcados por el Alzheimer, mantuvo su capacidad lectora y su característica sonrisa, siendo cuidada por su esposo hasta el final. Ambos fallecieron con solo 20 días de diferencia en abril de 2012, cumpliéndose su deseo de ser enterrados juntos en el Cementerio de Lugar de Monte.




