Cada semana, miles de madrileños disfrutan de la Casa de Campo, ya sea para correr, andar en bicicleta, pasear a sus mascotas o simplemente buscar un respiro del bullicio urbano. Sin embargo, muchos desconocen que este emblemático parque, hoy un símbolo popular de la ciudad, fue durante siglos un territorio restringido para la mayoría.
La historia de este vasto espacio se remonta al siglo XVI, cuando el Rey Felipe II consolidó Madrid como capital. La monarquía necesitaba entonces zonas de descanso y caza cercanas al poder. Así, se fue configurando una extensa finca al oeste de la ciudad, concebida para el ocio regio y la actividad cinegética.
Durante generaciones, la Casa de Campo permaneció como un lugar cerrado, vigilado y exclusivo. Mientras Madrid crecía densamente con calles estrechas y barrios concurridos, al otro lado del río se extendía un enorme paisaje natural que la mayoría solo podía observar desde la distancia.
Lo que había pertenecido a la Corona se abría por fin a la ciudadanía.
La cesión de 1931 transformó radicalmente esta dinámica. Familias enteras comenzaron a acceder a un lugar que antes les era inaccesible. Lo que había sido un símbolo de privilegio se convirtió en un espacio común para todos los madrileños.
Poco después de su apertura, la Guerra Civil convirtió la Casa de Campo en escenario de intensos combates durante la defensa de Madrid. Trincheras, fortificaciones y posiciones militares reemplazaron temporalmente los paseos y el ocio.
Con el tiempo, la ciudad recuperó este territorio para la vida cotidiana. Llegaron las meriendas dominicales, el lago, el zoológico, el teleférico y un sinfín de recuerdos familiares que han marcado a generaciones. Hoy, la Casa de Campo es mucho más que un parque; es un testimonio de cómo una ciudad se define también por los espacios que decide compartir con sus habitantes.




